El hombre en su espejo

Había una vez un hombre sencillo, sensible y genial. Un día él creó la invención más grande de todos los tiempos. Eran espejos para el alma. En esos espejos, la gente no veía solamente su reflejo. En ellos, la gente veía su verdadero yo.

A diferencia de los espejos normales, los espejos del alma no distorsionaban la modestia, las intenciones, los actos de bondad pura, el valor y las motivaciones humanas.

Así como los espejos del alma no protegían a la gente de sus defectos, incoherencias, actitudes o miedos.

El hombre sensible y genial miró en el espejo del alma, y ​​encantado con su obra, encargó que se hicieran miles de espejos.

Optimista, el que ahora era un hombre de marketing genial, anunció su nueva invención y se formó una cola de pedidos en su puerta.

La curiosidad y la anticipación eran enormes. Todos los que buscaban el espejo, pagaban una pequeña fortuna con gratitud al hombre de negocios vanidoso y genial. Luego buscaban de inmediato el camino a casa, ansiosas para ver los resultados que revelaría su espejo.

El hombre que antes era sensible y genial, ahora era feliz, muy feliz. No sólo había inventado un buen producto para la humanidad, sino que ahora también estaba rico.

No pasó mucho tiempo hasta que una cola más larga se formó en la puerta del actual rico fabricante de espejos del alma. Una gran multitud lo buscaba.

Pero la multitud no estaba contenta. Al contrario, la multitud se multiplicaba enfurecida. Ellos gritaban violentamente contra el hombre asustado y temeroso.

Con una furia nunca vista o sentida por el hombre asombrado y confuso, la gente rompía los espejos y exigía la devolución del dinero.

– ¿Qué tipo de broma es esta? acusaba uno de ellos;
– ¡Este espejo destruyó mi vida! vociferaba otro;
– Mi familia me abandonó – algunos lloraban.

La multitud invadió la fábrica, saqueó el dinero, destruyó las máquinas y todos los espejos.

Uno de ellos aun gritó – ¡Ahora todo está resuelto! ¡Creador de problemas!

Y se fueron. Para siempre.

Pobre, violentado y desorientado, aquel que había sido un hombre sensible y genial, vio un último trozo de espejo que había sobrado en la fábrica.

Todavía enamorado de su creación, el hombre amargado buscó su reflejo en el resto del espejo para el alma.

Aquí encuentro mi salvación – pensó, recordando la primera vez que se miró en el espejo.

El hombre amargado rompió lo que quedaba del espejo.

Y nunca más se escuchó hablar sobre él.

“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”

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